Nací en 1993 en Villa Gesell, Argentina, en una casa donde la arena se metía en todos los rincones y las mujeres sostenían el mundo como podían. Mi mamá fue madre soltera los primeros años de mi vida, y mi infancia estuvo habitada también por mi abuelo Juan, mi abuela Marta, mi madrina y toda una tribu Tana que me enseñó que —cuando hay amor— la familia no siempre necesita explicar sus ramas.
Me crié rodeada de adultos, tanto, que a los dos años inventé un amigo imaginario: Pablito. Él fue mi compañero de juegos, el primer puente entre mi sensibilidad interna y el mundo. No lo sabía entonces, pero esa capacidad de conversar con lo invisible iba a reaparecer muchos años después, cuando la astrología me devolviera un idioma para eso que siempre supe sin poder nombrarlo.
A los cinco años mis padres se reconciliaron, se casaron y nos mudamos a Capital Federal. Allí conocí a mi media hermana, apenas un año más chica que yo. En el colegio era curiosa, inteligente y aplicada, y eso incomodó a más de uno. En 2001, en plena crisis argentina, volvimos a Gesell y el bullying que viví allí dejó huellas que con los años pude comprender: haber despertado interés en los varones, ser buena alumna, y no encajar dócilmente en lo que se esperaba de mí, encendió tensiones y violencias.
Aguanté como pude hasta la secundaria, que fue mi primer refugio emocional. Fue un espacio donde encontré amistades profundas, preguntas políticas, nuevas formas de habitar mi cuerpo y la sospecha de que el mundo no estaba dado: se podía transformar.
Crecí entre mudanzas constantes, casas en construcción, esfuerzos económicos y ropa que pasaba de una hermana a otra. Mis padres nunca me hicieron faltar lo importante, pero la vida nos enseñó a ajustar, a crear, a sostenernos unas a otras.
Tengo cuatro hermanas: tres de la misma madre y Belén, mi media hermana. Todas diferentes, todas intensas, todas atravesadas por formas distintas de ver la vida.
Pero el golpe más grande llegó a los 17 años, cuando murió mi papá. Ese duelo cambió todo: mi vínculo con mi mamá, mis certezas, mi idea de hogar. Cada una intentó sobrevivir como pudo. Yo también.
Me fui a Mar del Plata a estudiar Trabajo Social, pero duré poco y volví a Gesell. Luego a Capital: trabajé de camarera, viví en residencias compartidas y empecé y dejé carreras como Lengua y Literatura, y más tarde, el Profesorado de Historia, donde descubrí algo que hasta hoy me acompaña: la filosofía. Nietzsche, el estoicismo y la pregunta constante por el sentido.
Con mi pareja de ese momento abrimos una librería–disquería. Milité políticamente, me involucré en reportajes fotográficos y causas sociales vinculadas a la dignidad y los derechos.
Fue también a los 22 años cuando cursé Coaching Ontológico en Capacitate (UBA). Ese primer año fue un sacudón: la escucha, el observador, la responsabilidad, la palabra. No cambió mi pasado, pero me dio nuevas herramientas para no quedar atrapada en él. Años después, en 2024, finalicé la carrera y comencé a ofrecer procesos de acompañamiento en coaching.
Durante aproximadamente cinco años modelé para Suicide Girls. Era un anhelo adolescente que había archivado creyendo que mi cuerpo no encajaba en los cánones de belleza: yo no era alta, no era delgada, estaba tatuada, y me negaba a pedir permiso para ser.
El modelaje erótico me dio seguridad, libertad y una reconciliación con mi cuerpo. Me regaló agencia sobre mi deseo, pertenencia estética y la certeza de que:
mi rareza también era una forma de belleza y que los cánones no son verdad: son estructuras del capitalismo sobre nuestros cuerpos.
Miro esa etapa con orgullo.
En 2019 dejé de fumar (había comenzado a los 15). Empecé a entrenar, me interioricé en alimentación y powerlifting, y entendí que cuidar mi cuerpo no era vanidad: era que habia tomado consciencia.
En plena pandemia, después de una separación y un año de encierro en Capital, volví a Gesell en 2021. No quería volver, pero necesitaba respirar. Allí compré mi primer auto, aprendí a manejar a los 28 años y descubrí la libertad de la ruta, la música y el viento como terapia.
En esa etapa también retomé yoga como forma de volver a casa dentro de mi cuerpo. Fue un tiempo de reconciliación con mi madre, esta vez desde otro lugar, más adulto, entendiendo que podemos mirarnos diferente sin obligarnos a pensar igual.
A finales de 2021 conocí a Nicolás. Nos casamos en agosto de 2022 y decidimos emigrar a Italia.
En 2023, viviendo allí, tomé mi primera formación formal en Astrología con Nanda Astral. Supe entonces que esto ya no era un hobby: era un lenguaje que me había estado esperando desde Pablito.
Después ingresé a la Fundación Centro Astrológico de Buenos Aires, donde estudio a distancia. Enfoque saturnino, serio, técnico, riguroso. Me falta un año para recibirme como astróloga.
En 2023 nos mudamos a Valencia, España. Allí realicé mi formación como Instructora de Yoga en Apta Vital Sport.
Amo leer a Nietzsche, estudiar los Yoga Sutras de Patañjali, y acompañar procesos donde el cuerpo, la palabra y el cielo conversan.
Acompaño a personas a reconectar con su cuerpo, su deseo y su historia a través del Yoga, la astrología y el coaching. No para que crean en magia, sino para que recuerden que: una vez que somos conscientes, ya no podemos ser indiferentes.
Creo en la astrología como una herramienta de emancipación emocional: un lenguaje para entendernos, elegir distinto y dejar de repetir destinos heredados.
Y también creo en hacernos cargo, porque aunque nuestra familia, nuestro país y nuestro contexto nos condicionen, seguimos siendo agentes de cambio capaces de transformar nuestra vida. No creo que seamos responsables de todo lo que nos pasó; tampoco creo que estemos condenadas a lo que nos hicieron. Camino el punto intermedio: la responsabilidad sin culpa, la transformación sin negación de la realidad.
Y creo, profundamente, que: el cuerpo es el primer territorio de libertad.
Por eso el yoga. Por eso el movimiento. Por eso la respiración.
Porque no podemos pedirle a la vida lo que nos negamos a sentir en nuestro propio cuerpo.
Hoy mi práctica y mi enseñanza están profundamente conectadas con el entorno y el movimiento consciente.
Actualmente doy clases presenciales de Yoga en el Turia y en la playa, aprovechando la energía del aire libre, el sol y el ritmo del cuerpo en conexión con la naturaleza. Estas sesiones están pensadas para todas las personas, desde quienes buscan empezar con una rutina de bienestar hasta quienes ya tienen experiencia y desean profundizar.
Además, en mi trayectoria en Valencia también impartí clases de Pilates y de entrenamiento funcional, donde integré la atención corporal, la fuerza y la movilidad como parte del camino hacia un cuerpo presente y consciente.
Hace poco me mudé a Castellón, y estoy comenzando a ofrecer clases presenciales aquí también. Me entusiasma muchísimo construir comunidad local y seguir expandiendo prácticas que integren cuerpo, mente y espíritu.
Mi enfoque sigue siendo el mismo: acompañar procesos de exploración interna desde una mirada holística, con herramientas que potencien tu bienestar integral, ya sea a través del movimiento, la respiración o el autoconocimiento.
Proximamente tambien de forma online...